Atilano Cruz Alvarado nació el 5 de octubre de 1901 en Ahuetita de Abajo, pequeño caserío del municipio de Teocaltiche, en el noreste de Jalisco, perteneciente entonces a la diócesis de Aguascalientes. Sus padres, José Isabel Cruz y Máxima Alvarado, formaban una familia de ascendencia indígena con sólidas costumbres católicas y una situación económica muy precaria. Desde niño, Atilano se dedicó al cuidado del ganado en los campos de la región. Fue esta vida campesina, de horizonte abierto y trabajo físico, la que moldeó en él una austeridad natural que más tarde caracterizaría su vocación sacerdotal.
Sus padres reconocieron en él una inteligencia y una piedad que merecían cultivo. Lo llevaron a Teocaltiche para que aprendiera a leer y escribir, y cuando la oportunidad se abrió, ingresó al Seminario Auxiliar de Teocaltiche en 1918, a los dieciséis años. Los años de formación coincidieron con el período de mayor tensión entre la Iglesia y el Estado mexicano: mientras él estudiaba filosofía y teología, el país se debatía entre las disposiciones anticlericales de la Constitución de 1917 y la resistencia creciente de los católicos organizados.
Una ordenación en la clandestinidad
La vocación de Atilano Cruz llegó a su punto más alto precisamente cuando ejercerla se había convertido en el mayor de los riesgos. Para 1927, el gobierno de Calles había cerrado seminarios, expulsado a obispos extranjeros y prohibido el culto público. Ordenar nuevos sacerdotes era, según la lógica del régimen, un acto ilegal. El joven diácono Cruz Alvarado, lejos de pedir una dispensa o un aplazamiento, insistió en recibir el orden sacerdotal en ese momento, en ese clima. Quería ser sacerdote precisamente cuando serlo era el mayor de los crímenes que podía cometer un mexicano ante las autoridades civiles.
El arzobispo de Guadalajara, don Francisco Orozco y Jiménez —él mismo perseguido y oculto— accedió a ordenarlo en una barranca del estado de Jalisco, en una ceremonia clandestina que prescindió de todo aparato externo. No hubo templo, no hubo órgano, no hubo asistentes más que los estrictamente necesarios. Atilano fue ordenado diácono el 17 de julio de 1927 y elevado al presbiterado el 24 del mismo mes. Tenía veinticinco años. Ser sacerdote, para él, no fue un paso en una carrera; fue una declaración de fe hecha en condiciones de máximo riesgo.
Vicario en Cuquío: once meses de ministerio
Inmediatamente después de su ordenación, Atilano Cruz fue enviado como vicario a la parroquia de Cuquío, bajo la dirección del padre Justino Orona Madrigal. Cuquío era una parroquia difícil: territorio vasto, rancherías dispersas en terreno quebrado, y una presencia federal cada vez más hostil. Los dos sacerdotes trabajaron en la clandestinidad más estricta: celebraban la Eucaristía de noche en domicilios particulares, administraban los sacramentos en el sigilo de las madrugadas, moviéndose de rancho en rancho para evitar las redadas militares.
La relación entre Orona y Cruz fue la del maestro y el discípulo que caminan juntos hacia el mismo destino. El párroco, veinticuatro años mayor, transmitió al joven vicario su convicción de que abandonar a los fieles equivalía a traicionarlos. Cruz absorbió esa enseñanza y la vivió con la intensidad propia de quien acaba de comprometer toda su existencia a una causa en el momento más peligroso para hacerlo. Dejó escrito, en algún momento de esos once meses:
La noche del Rancho Las Cruces
En los primeros meses de 1928, la presión de las tropas federales y las delaciones en la región de Cuquío obligaron a los sacerdotes a abandonar el pueblo y refugiarse en propiedades alejadas. El padre Orona, su hermano José María Orona y el padre Cruz encontraron amparo en el Rancho Las Cruces, a las afueras de Cuquío, en casa de una familia que los acogió con lealtad y riesgo propio.
En la madrugada del 1 de julio de 1928, fuerzas federales acompañadas por el presidente municipal de Cuquío irrumpieron en el rancho. La operación fue precisa y focalizada: los soldados sabían dónde se ocultaban los sacerdotes. No hubo negociación ni lectura de cargos. Cuando la puerta se abrió, el padre Orona saludó a sus captores con el grito «¡Viva Cristo Rey!» y cayó abatido por la primera descarga.
Atilano Cruz, que dormía en el interior, escuchó los disparos que acabaron con la vida de su párroco. Según testimonios recogidos en el proceso de canonización, al escuchar la descarga, se levantó, se arrodilló sobre la cama y esperó su propia muerte en actitud de oración. No intentó huir, no buscó refugio en la oscuridad. Se arrodilló. Tenía veintiséis años y once meses exactos de sacerdocio cuando los soldados entraron y lo acribillaron.
Los tres muertos del Rancho Las Cruces esa madrugada fueron el párroco Justino Orona, el vicario Atilano Cruz y José María Orona, hermano del párroco. No hubo decenas de civiles caídos ni un asalto al pueblo de Cuquío: fue una redada nocturna y selectiva contra los sacerdotes que se sabía estaban escondidos en ese lugar.
El sentido de su martirio
Atilano Cruz Alvarado ocupa un lugar singular entre los mártires cristeros por la brevedad extrema de su sacerdocio: once meses. Fue ordenado sabiendo que ordenarse era peligroso, comenzó su ministerio en la clandestinidad más absoluta y murió antes de que transcurriera siquiera un año desde su consagración. Su historia es la de una vocación que se cumplió entera en el tiempo más breve posible, sin que ese tiempo disminuyera la determinación con que fue vivida.
La tradición recoge que Orona y Cruz se dieron mutuamente la absolución en las horas finales de su refugio en Las Cruces, sabiendo que el cerco se estrechaba. Si así fue, el gesto habla de dos hombres que celebraron hasta el final los sacramentos que habían jurado administrar, ejerciendo el sacerdocio incluso en el umbral de la muerte.
Beatificación y canonización
Juan Pablo II beatificó a Atilano Cruz Alvarado el 22 de noviembre de 1992 en Roma, junto a 24 compañeros mártires mexicanos. El mismo pontífice lo canonizó el 21 de mayo de 2000 en la Plaza de San Pedro, durante las celebraciones del Gran Jubileo. Forma parte del grupo «San Cristóbal Magallanes y compañeros mártires». Su festividad litúrgica se celebra el 21 de mayo, junto a la del padre Orona, con quien compartió el ministerio y la muerte.