David Galván Bermúdez nació el 29 de enero de 1881 en Guadalajara, capital de Jalisco, hijo de José Trinidad Galván y Mariana Bermúdez. El hogar fue un espacio de fe sencilla y trabajo honrado: cuando la familia enfrentó dificultades económicas, el joven David abandonó temporalmente el seminario hacia 1900 para emplearse en una zapatería familiar, convencido de que el sacerdocio podía esperar pero las obligaciones hacia los suyos no. Esa mezcla de piedad y sentido práctico definiría toda su corta vida. Dos años después regresó al Seminario del Señor San José de Guadalajara, donde sus superiores reconocieron en él una madurez poco frecuente para su edad. Fue ordenado sacerdote el 20 de mayo de 1909, a los veintiocho años, por el arzobispo de Guadalajara.

El ministerio: maestro, editor y capellán

Los primeros años del sacerdocio de David Galván transcurrieron principalmente dentro de los muros del propio seminario que lo había formado. Fue designado catedrático de Latín, Lógica, Derecho Natural y Psicología, materias en las que demostró tanto rigor intelectual como una notable capacidad para comunicar ideas complejas a los jóvenes seminaristas. No era un hombre de biblioteca encerrado en abstracciones: su didáctica era viva, dialogada, cercana.

En 1910, al comienzo mismo del año del centenario de la Independencia y del estallido revolucionario, fundó y dirigió la revista Voz de Aliento, publicación del seminario que circuló hasta 1912. La revista fue un vehículo de formación espiritual e intelectual para los futuros sacerdotes jaliscienses en un momento de enorme convulsión política. Galván escribía con claridad y convicción, sin la pedantería que con frecuencia aquejaba a las publicaciones eclesiásticas de la época.

En 1909, en paralelo a sus labores docentes, fue nombrado capellán del Hospital de San José y del Orfanato de La Luz en Guadalajara. Esta segunda vocación —la del sacerdote que acompaña al enfermo, al moribundo, al niño sin padres— sería la que marcaría el final de su vida. Año tras año, Galván recorría las salas del hospital, confesaba a los agonizantes, asistía a los operados, bautizaba a los recién nacidos en peligro de muerte. Los enfermos lo conocían, lo querían, lo esperaban.

En 1914, cuando la Revolución comenzaba a desbordar las ciudades, fue asignado como vicario a Amacueca, parroquia en el sur de Jalisco. Pero el torbellino de la historia lo devolvería pronto a Guadalajara.

La persecución revolucionaria

El México de 1914 era un campo de batalla entre facciones revolucionarias que combatían tanto entre sí como contra los intereses de la Iglesia Católica. Los Villistas y los Carrancistas disputaban el control de las ciudades; Guadalajara cambió de manos varias veces en pocos meses. Para los sacerdotes, la situación era precaria: algunos jefes militares —imbuidos de un anticlericalismo visceral— consideraban al clero un enemigo de clase, un sostén ideológico del viejo régimen porfiriano que la revolución debía destruir.

El padre Galván no era hombre de política ni de trincheras. Pero tampoco era hombre de esconderse. Cuando los enfrentamientos armados llegaron a las calles de Guadalajara, él siguió cumpliendo su ministerio hospitalario. En cierta ocasión anterior había sido detenido brevemente a causa de un incidente en que defendió a una joven perseguida por el teniente Enrique Vera, un oficial de carácter violento y conocidas animadversiones anticlericales. Faltaron pruebas y Galván fue liberado, pero el odio de Vera quedó latente.

La captura

El 30 de enero de 1915, mientras los combates se recrudecían en distintos puntos de la ciudad, el padre Galván salió a las calles para asistir a los heridos. Era la tarea que había ejercido durante años en el hospital: socorrer al que sufría, sin preguntar bando ni apellido. Fue en esas circunstancias —auxiliando a heridos en los alrededores del Hospital Civil— cuando fue interceptado. El teniente Enrique Vera lo reconoció y ordenó su detención inmediata.

No hubo juicio, no hubo acusación formal, no hubo oportunidad de defensa. La lógica del pelotón de fusilamiento no requería formalidades. Galván fue conducido a la Calle del Coronel Calderón, en las proximidades del Cementerio de Belén, en el poniente de Guadalajara.

El martirio

Ante el pelotón, el padre David Galván conservó una serenidad que sorprendió a los propios soldados. Rehusó la venda para los ojos. Con calma, se desabotonó la sotana y señaló con el dedo sobre su propio pecho el lugar donde debían apuntar. Ese gesto —sereno, sin ira, sin súplica— fue el último acto de un hombre que había pasado su sacerdocio entero al lado de los moribundos y que sabía, mejor que nadie, cómo se cruza ese umbral.

Tenía treinta y cuatro años —un día después de haber cumplido los treinta y cuatro, pues había nacido el 29 de enero y fue fusilado el 30. Era el 30 de enero de 1915: doce años antes del inicio formal de la Guerra Cristera, once antes de la Ley Calles. David Galván Bermúdez fue el primero de los veinticinco mártires en caer, y el único de ellos ejecutado durante la fase meramente revolucionaria de la persecución religiosa, antes de que el conflicto cristero tuviera nombre.

Sus restos fueron depositados en 1922 en la Parroquia de Nuestra Señora del Rosario, en el barrio de El Retiro, en Guadalajara, donde se veneran hasta hoy.

«Señaló con el dedo el lugar sobre su pecho donde debían apuntar, y esperó la descarga con los ojos abiertos.» — Testimonio de los presentes, Calle Coronel Calderón, Guadalajara, 30 de enero de 1915

Beatificación y canonización

Juan Pablo II beatificó a David Galván Bermúdez el 22 de noviembre de 1992 en Roma, junto a los otros 24 mártires mexicanos de la Cristiada. El 21 de mayo de 2000, en la Plaza de San Pedro, los canonizó a todos simultáneamente. Su festividad litúrgica es el 21 de mayo. Los documentos de la Santa Sede sobre su causa están disponibles en el sitio oficial del Vaticano.

Su caso es singular dentro del grupo de los 25: fue el único martirizado durante la persecución revolucionaria previa a la Cristiada propiamente dicha. Los historiadores lo consideran un testimonio de que la hostilidad del Estado mexicano hacia la Iglesia no nació con la Ley Calles de 1926, sino que venía germinando desde los primeros años del proceso revolucionario iniciado en 1910.

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