David Uribe Velasco nació el 29 de diciembre de 1889 en Buenavista de Cuéllar, Guerrero, en la Diócesis de Chilapa. Sus padres eran Juan Uribe y Victoria Velasco. El Guerrero de finales del siglo XIX era un estado de sierra y costa, violentamente diverso, donde la Iglesia Católica competía con el anticlericalismo liberal arraigado en la tradición de la Reforma, con la influencia creciente de la masonería en las clases políticas y, en algunas regiones, con el avance del protestantismo. Crecer en esa tierra curtida dio a David Uribe una comprensión temprana del conflicto entre fe e ideología que definiría su sacerdocio.
Formación y ordenación
David comenzó los estudios preparatorios para el sacerdocio en 1909, en el seminario de la Diócesis de Chilapa. La diócesis de Chilapa era una institución de recursos modestos, atendiendo un vasto territorio montañoso con escasez crónica de sacerdotes. Los seminaristas chilapeños aprendían desde temprano que el ministerio sería una aventura solitaria en geografías difíciles, lejos del confort de las ciudades episcopales.
Fue ordenado sacerdote el 2 de marzo de 1913, en plena efervescencia de la Revolución Mexicana. Tenía veintitrés años. El año de su ordenación fue también el año del asesinato de Francisco I. Madero y del inicio de la Decena Trágica: el contexto de su primera misa no podía haber sido más turbulento.
El ministerio en Iguala y la resistencia a la heterodoxia
Destinado a la región de Iguala, Guerrero —ciudad del sur que sería famosa por el Plan de Iguala de 1821 y, un siglo después, por otros episodios amargos de la historia mexicana— David Uribe ejerció su ministerio en un territorio donde la Iglesia enfrentaba presiones específicas del contexto guerrerense.
Las fuentes vaticanas destacan que durante su ministerio en la zona de Iguala tuvo que confrontar la influencia de la masonería entre las élites locales, el avance de grupos protestantes en las comunidades rurales, y la presencia de movimientos cismáticos —iglesias que buscaban separarse de Roma aprovechando el anticlericalismo del Estado posrevolucionario. Uribe no era un hombre de confrontación beligerante, pero sí de claridad doctrinal. Predicaba con convicción, catequizaba con método, y no rehusaba el debate cuando la fe de sus feligreses estaba en juego.
Antes de su arresto, en una carta que sería conservada y que la causa de beatificación recogería como testimonio de su espíritu, escribió: «Si fui ungido con el santo óleo para hacerme ministro del Altísimo, ¿por qué no lo seré también con mi propia sangre en defensa de las almas redimidas con la sangre de Cristo?» Era la teología del martirio expresada en primera persona, sin retórica grandilocuente: la lógica simple de un hombre que considera su sacerdocio una consagración total.
La persecución y el arresto
Cuando la Ley Calles de 1926 prohibió el culto público, David Uribe se encontró en una posición doblemente difícil: no sólo tenía que continuar su ministerio en la clandestinidad, sino que hacerlo en Guerrero significaba operar lejos de las redes de apoyo que los cristeros tenían bien establecidas en Jalisco y el Bajío.
Fue arrestado mientras viajaba en tren hacia Iguala. Las circunstancias exactas del reconocimiento no están completamente documentadas, pero la conclusión es la misma que en decenas de casos análogos: un sacerdote viajando en ferrocarril, en una época en que los militares revisaban los trenes buscando precisamente a ese tipo de hombre.
Fue trasladado primero a Cuernavaca, capital del estado de Morelos, y luego conducido hacia la zona de San José Vistahermosa, en el sur de Morelos, muy cerca de la frontera con Guerrero. Desde la cárcel de Cuernavaca escribió unas palabras que sus carceleros permitieron que se conservaran: «Me declaro inocente de los cargos que se me imputan. Estoy en manos de Dios y de la Virgen de Guadalupe. Pido perdón a Dios y perdono a mis enemigos; pido perdón a quienes haya podido ofender.»
El martirio
El 12 de abril de 1927, en las cercanías de la estación de San José Vistahermosa, Morelos, David Uribe Velasco fue ejecutado de un tiro en la nuca. Tenía treinta y siete años. Era la víspera del Jueves Santo.
El método —un disparo en la nuca, ejecutado sin pelotón formal— era la forma de eliminación sumaria que las fuerzas federales usaban cuando no querían la publicidad de un fusilamiento ordenado. Era rápido, discreto, y negaba al mártir incluso el gesto final ante un grupo de soldados.
Sus restos descansan hoy en la iglesia parroquial de su pueblo natal, Buenavista de Cuéllar, Guerrero, que se convirtió así en lugar de peregrinación para quienes veneran al único de los veinticinco mártires canonizados que nació y cuyo santuario principal está en el sur de México.
Beatificación y canonización
Juan Pablo II beatificó a David Uribe Velasco el 22 de noviembre de 1992 en Roma, junto a los otros 24 mártires mexicanos de la Cristiada. El 21 de mayo de 2000, en la Plaza de San Pedro, los canonizó a todos simultáneamente. Su festividad litúrgica es el 21 de mayo. Los documentos de la Santa Sede sobre su causa están disponibles en el sitio oficial del Vaticano.
Su canonización amplió simbólicamente el mapa de la Cristiada más allá del Occidente y el Bajío: el martirio no fue sólo jalisciense o zacatecano, fue mexicano. David Uribe Velasco representa a todos los sacerdotes del sur que padecieron la misma persecución en silencio, lejos del frente de batalla cristero pero igualmente alcanzados por la violencia anticlerical del Estado.