José María Robles Hurtado nació el 3 de mayo de 1888 en Mascota, Jalisco, hijo de Antonio Robles y Petronila Hurtado, familia de devoción católica profunda y medios modestos. Mascota es un pueblo de la Sierra Madre Occidental, al norte del estado, tierra de cañadas profundas y clima serrano; lugar que produjo sacerdotes y cristeros en proporción notable. A los doce años el niño José María entró al Seminario de Guadalajara. Pasaría allí casi toda una década y media, formándose en la espiritualidad sacramental que definiría su ministerio adulto.
Ordenación y primeros destinos
Fue ordenado sacerdote el 22 de marzo de 1913 en Guadalajara, a los veinticuatro años. Su perfil desde el inicio fue el de un sacerdote apasionado por la Eucaristía y por la devoción al Sagrado Corazón de Jesús —dos corrientes de espiritualidad que en el México de principios de siglo XX tenían una presencia enorme en la piedad popular. Fue destinado a Mascota como capellán de la comunidad religiosa «Verbo Encarnado». La relación entre su ministerio y esa casa de religiosas sería el punto de partida de algo que él aún no podía imaginar.
La fundación de la congregación
El 11 de junio de 1915, durante la celebración de la misa en la festividad del Sagrado Corazón, mientras servía como capellán de las religiosas en Mascota, el padre Robles recibió lo que él describió como una inspiración interior: fundar una congregación religiosa femenina cuya espiritualidad se centrara en el Corazón Eucarístico de Jesús, con el lema «Ya no verdugos, sino víctimas del Corazón Eucarístico de Jesús». Pasó años madurando el proyecto. El 27 de diciembre de 1918 fundó formalmente en Nochistlán, Zacatecas, la Congregación de las Hermanas del Sagrado Corazón de Jesús Sacramentado.
La congregación sobrevivió al martirio de su fundador y creció. Hoy —casi un siglo después— cuenta con más de mil religiosas en México y el extranjero, con comunidades activas en educación, salud y trabajo pastoral. Es el legado vivo más concreto del padre Robles: una familia religiosa que él sembró en plena persecución y que la persecución no pudo arrancar.
El párroco de Tecolotlán
Robles fue asignado como párroco de Tecolotlán, municipio del sur de Jalisco, donde se ganó la reputación de ser el «loco del Sagrado Corazón» —apodo dado con cariño y cierta perplejidad por sus feligreses, que admiraban y a veces no alcanzaban a seguir la intensidad de su entrega. Se volcó en la atención de enfermos, en la confesión, en la catequesis, en la promoción de retiros y ejercicios espirituales. Dejó de lado las comodidades: sus contemporáneos lo recuerdan como un hombre de mesa parca y oración larga.
Cuando llegó la persecución de Calles, siguió ejerciendo el ministerio en la clandestinidad, recorriendo ranchos y comunidades para llevar los sacramentos donde podía.
La captura y el martirio
El 25 de junio de 1927 fue arrestado en Tecolotlán mientras rezaba en casa de la familia Agraz. Al día siguiente, 26 de junio, fue conducido hacia la Sierra de Quila. Según el relato que se conserva del proceso de beatificación, cuando el soldado se acercó con la soga, el padre Robles la tomó él mismo con sus manos, la besó y se la puso al cuello, diciéndole al hombre: «No te ensucies las manos». Fue colgado de un encino en la sierra. Tenía 39 años. Un poema escrito por él en los días previos a su muerte pedía al Sagrado Corazón morir amándole «con delirio», «con pasión... hasta el martirio».
Beatificación y canonización
Juan Pablo II beatificó a José María Robles Hurtado el 22 de noviembre de 1992 en Roma. El mismo pontífice lo canonizó el 21 de mayo de 2000 en la Plaza de San Pedro, como parte del grupo de San Cristóbal Magallanes y compañeros, veinticinco mártires de la persecución religiosa en México. La congregación que él fundó fue promotora activa de su causa de canonización. Su festividad litúrgica es el 21 de mayo. La hagiografía oficial de la Santa Sede está disponible en el sitio oficial del Vaticano.