José Luis Sánchez del Río nació el 28 de marzo de 1913 en Sahuayo de Morelos, municipio lacustre del sur de Michoacán, a orillas del lago de Chapala, en el seno de una familia profundamente católica. Era el tercero de los cuatro hijos de Macario Sánchez y María del Río: sus hermanos mayores, Macario y Miguel, y su hermana menor, María Luisa. Sahuayo era entonces —y sigue siendo— una ciudad de tradición religiosa intensa, marcada por una devoción mariana muy enraizada y por la memoria de una comunidad que se había resistido, generación tras generación, a ceder la fe ante cualquier presión del poder civil.
José Luis creció en ese ambiente. Era el tipo de muchacho que no separa la fe de la vida cotidiana: asistía a misa con regularidad, participaba en las actividades de la Asociación Católica de la Juventud Mexicana (ACJM) y fue creciendo en devoción a Cristo Rey y a la Virgen de Guadalupe, las dos devociones que en esos años comenzaban a convertirse en divisas de resistencia para los católicos mexicanos que veían cómo el gobierno de Calles suprimía sistemáticamente la vida religiosa del país.
«Nunca ha sido tan fácil ganarse el cielo»
Cuando estalló la Cristiada en 1926, José Luis tenía trece años. Sus hermanos mayores se incorporaron a las filas cristeras, y él, con una determinación que sorprendía en alguien de su edad, rogó a su madre que le permitiera unirse también. La madre, doña María del Río, se resistió durante meses: su hijo era demasiado joven, demasiado pequeño. El general cristero al mando de la región —Luis Guízar Morfín— también rechazó en un principio la solicitud del muchacho.
José Luis no cedió. Y ante la negativa materna volvió a insistir con una frase que quedó grabada en la memoria de su familia y que lo define mejor que cualquier descripción exterior:
Finalmente, el general Guízar Morfín cedió a la insistencia del joven y lo aceptó en la tropa en la función de abanderado: el portador de la bandera del regimiento, una posición que en el campo de batalla ponía al portaestandarte en el lugar más visible y más expuesto. No era un papel decorativo; era una responsabilidad que exigía valor y presencia constante en el fragor del combate.
El gesto en combate: «Mi general, sálvese usted»
El 5 de febrero de 1928, durante un enfrentamiento entre las fuerzas cristeras y tropas federales cerca de Cotija, el caballo del general Guízar Morfín fue alcanzado por un disparo y cayó muerto en el campo. El general quedó a pie en medio del combate, expuesto al fuego enemigo. José Luis —que aún no había cumplido quince años— desmontó en ese momento y le entregó su propio caballo con una sencillez que los testigos del suceso nunca olvidaron:
El general escapó. José Luis, sin montura y en campo abierto, fue capturado por las fuerzas federales al día siguiente, el 6 de febrero de 1928. Fue conducido a Sahuayo y encarcelado en la sacristía de la Parroquia de Santiago Apóstol —el propio templo de su ciudad natal, convertido por las tropas federales en cuartel—, bajo la custodia de su padrino, Rafael Picazo, quien ocupaba un cargo con las autoridades y que pudo, si hubiera querido, facilitar su liberación. No lo hizo.
Cuatro días de tormento
Lo que siguió durante los cuatro días de cautiverio de José Luis en esa sacristía fue una secuencia de crueldad calculada diseñada para quebrar su voluntad. Las autoridades locales, encabezadas por el jefe de plaza, tenían un objetivo preciso: conseguir que el muchacho gritara «¡Muera Cristo Rey!» y así convertir su apostasía en una propaganda pública que desmoralizara a la resistencia católica de la región.
Para lograrlo, emplearon métodos que los testigos del proceso de beatificación describieron con detalle. El más atroz: le cortaron la piel de las plantas de los pies con un cuchillo, dejando la carne viva al descubierto, y lo obligaron a caminar así por las calles de Sahuayo. La finalidad era que el dolor insoportable lo llevara a claudicar. José Luis caminó. Con los pies en carne viva, caminó dejando un rastro de sangre por las calles de su ciudad, y a cada cuadra los soldados le preguntaban si era hora de renunciar a Cristo. La respuesta, una y otra vez, fue la misma:
Durante esos cuatro días también le ofrecieron dinero y la promesa de que liberarían a todos los presos cristeros si abjuraba. Se negó en cada ocasión. Escribió cartas a su madre desde la sacristía —cartas que su familia conservó y que fueron presentadas en el proceso canónico— en las que pedía su bendición y le decía que morir por la fe era la mayor de las suertes. A su padrino Rafael Picazo, que tenía la llave de su celda y podría haberlo librado de todo aquello, le dijo simplemente: «Padrino, te perdono.»
La noche del 10 de febrero de 1928
En la noche del 10 de febrero de 1928, cuando quedó claro que el muchacho no cedería, las autoridades decidieron ejecutarlo. Lo sacaron de la sacristía y lo condujeron, con los pies mutilados, por las calles oscuras de Sahuayo hasta el cementerio municipal de la ciudad.
El camino al cementerio fue una nueva vía de tormento: los soldados lo pinchaban con bayonetas mientras caminaba, abriéndole heridas en el cuerpo, exigiéndole en cada paso la negación que nunca llegó. A cada herida, José Luis respondía con el mismo grito. Cuando llegaron al cementerio, a las once y media de la noche, los soldados lo acuchillaron reiteradamente con las bayonetas. A cada puñalada, el muchacho seguía vivo y seguía gritando. Finalmente, el jefe de la escolta le disparó dos tiros en la cabeza.
Tenía catorce años y diez meses. Sus últimas palabras documentadas fueron:
El impacto de su historia en la memoria católica mexicana
La historia de Joselito —el apodo con que sus contemporáneos lo conocían— tuvo una circulación inmediata entre los católicos mexicanos de la época. No era un sacerdote ni un obispo: era un muchacho de catorce años, hijo de una familia ordinaria de un pueblo lacustre de Michoacán, que había pedido permiso a su madre para irse a la guerra y que, cuando lo capturaron, no cedió ante ningún tormento. En una guerra en la que el gobierno trataba sistemáticamente de demostrar que el catolicismo era una religión de fanatismo manipulado por el clero, Joselito era la refutación más incómoda: un niño que tomaba sus propias decisiones con plena lucidez y que las mantenía bajo tortura.
Su historia pasó de generación en generación en el Bajío y Michoacán, transmitida en las familias como la memoria de alguien cercano. Cuando la causa de canonización comenzó a avanzar, la devoción popular a «Joselito» era ya una de las más vivas entre los mártires cristeros, especialmente entre los jóvenes mexicanos.
Sus restos descansan hoy en un relicario de plata en la Parroquia de Santiago Apóstol de Sahuayo —el mismo templo donde fue encarcelado y donde comenzó su calvario—, convertida en santuario. Es uno de los lugares de peregrinación más visitados de Michoacán.
La película For Greater Glory (2012)
La figura de José Luis Sánchez del Río fue llevada al cine en 2012 por la producción mexicano-estadounidense For Greater Glory (en español: Cristiada), protagonizada por Andy García y con el actor Mauricio Kuri en el papel de Joselito. La película, aunque criticada en sus aspectos históricos más generales, contribuyó a difundir internacionalmente la historia del mártir joven, particularmente en comunidades hispanas de Estados Unidos y en América Latina.
Beatificación y canonización
La causa de José Luis Sánchez del Río siguió un camino distinto al de los 25 mártires canonizados en 2000. Benedicto XVI lo beatificó el 20 de noviembre de 2005 en Guadalajara, México —la primera beatificación presidida por un papa en suelo mexicano—, junto a otros siete beatos. La ceremonia tuvo lugar en el Estadio Jalisco ante una multitud de fieles.
La canonización requería la verificación de un milagro posterior a la beatificación. El 21 de enero de 2016, el Papa Francisco aprobó el milagro atribuido a su intercesión: la curación inexplicable de Ximena Guadalupe Magallón Gálvez, una bebé mexicana que padecía meningitis, tuberculosis y sufrió un infarto cerebral, de quien los médicos decían que no tenía ninguna esperanza de vida, y que recuperó la salud completa. El 16 de octubre de 2016, el Papa Francisco lo canonizó en la Plaza de San Pedro junto a otros seis santos. José Luis Sánchez del Río es el único de los mártires cristeros canonizados que no fue parte del grupo de 2000 ni fue canonizado por Juan Pablo II.
Su festividad litúrgica se celebra el 10 de febrero, día de su martirio. Es patrono de los niños y adolescentes mártires.