Julio Álvarez Mendoza nació el 20 de diciembre de 1866 en Guadalajara, Jalisco, hijo de Atanasio Álvarez y Dolores Mendoza. La familia era de recursos modestos, pero contaba con la simpatía de personas influyentes: gracias al apoyo de los patronos del padre, el joven Julio pudo ingresar en 1880 al Seminario Conciliar de Guadalajara, la institución formativa que en el siglo XIX nutría de clero a todo el Occidente de México. Tenía catorce años cuando cruzó sus puertas por primera vez.

Formación y vocación

Los años del seminario fueron largos y rigurosos. Julio Álvarez cursó los estudios clásicos —latín, griego, filosofía escolástica— y la teología propia de la tradición tridentina que dominaba la formación clerical mexicana de fin de siglo. No era un seminarista deslumbrante por sus notas ni por un carisma inmediatamente visible; era, según los relatos posteriores, un hombre de aplicación constante, de piedad sólida y de carácter tranquilo. El tipo de sacerdote que no genera titulares pero que, año tras año, construye una parroquia desde dentro.

Fue ordenado sacerdote el 2 de diciembre de 1894 —tenía ya veintiocho años— por Pedro Loza y Pardavé, arzobispo de Guadalajara. La larga formación había puesto en sus manos la plena herramienta sacerdotal: predicar, confesar, celebrar los sacramentos, acompañar a los enfermos, administrar los bienes de la comunidad.

Treinta años en Mechoacanejo

Destinado a la parroquia de Mechoacanejo, pequeña localidad en la región de Los Altos de Jalisco dentro de la Diócesis de Aguascalientes, Julio Álvarez Mendoza encontraría el hogar de toda su vida sacerdotal. En ese pueblo polvoriento y ganadero pasó más de tres décadas sin que ningún traslado lo alejara de sus feligreses. Era una constancia que los pobladores sabían apreciar: el cura siempre había estado allí, los había bautizado, los había casado, había enterrado a sus padres.

Mechoacanejo era un pueblo de rancheros jaliscienses —hombres y mujeres de identidad regional fuerte, profundamente católicos, con cierta desconfianza ancestral hacia el gobierno central. En esa sociedad, el párroco cumplía un rol que iba mucho más allá de lo litúrgico: era árbitro de conflictos, consejero, maestro de escuela en muchos casos, y el nexo entre el mundo rural y las instituciones más distantes. Álvarez Mendoza supo ocupar ese espacio con discreción y eficacia durante décadas.

Cuando en 1926 la Ley Calles cerró las iglesias y prohibió el culto público, Mechoacanejo entró en el mismo proceso de clandestinidad que vivieron decenas de pueblos jaliscienses. El padre Julio siguió celebrando en casas particulares, en graneros, en patios cubiertos por la noche. Era viejo —tenía ya casi sesenta años— pero no consideró retirarse. Su parroquia lo necesitaba.

La captura

El 26 de marzo de 1927, mientras se desplazaba a caballo entre rancherías para celebrar misa, fue interceptado por soldados federales. Viajar por los caminos de Los Altos se había vuelto peligroso para los sacerdotes: las tropas tenían instrucciones de arrestar a cualquier clérigo que encontraran en ejercicio clandestino de su ministerio. Reconocido como sacerdote, fue detenido de inmediato.

El período siguiente al arresto fue de traslados y torturas. Las fuentes refieren que fue sometido a maltratos físicos antes de ser trasladado sucesivamente a Villa Hidalgo, luego a Aguascalientes y finalmente a León, Guanajuato. Ese peregrinaje de cuatro días entre cuarteles y celdas improvisadas fue también, sin que sus captores lo buscaran, un largo trayecto de preparación interior para la muerte.

El martirio

El 30 de marzo de 1927, cuatro días después de su captura, el padre Julio Álvarez Mendoza fue conducido a las afueras de San Julián, Jalisco, para ser fusilado. Tenía sesenta años.

Antes de que sonaran los disparos, pidió la palabra. Con voz queda —«suavemente», dice el relato del Vaticano— pronunció sus últimas palabras:

«Voy a morir inocente. No he cometido ningún crimen. Mi único delito es ser ministro de Dios. Los perdono a todos.»

Luego cruzó los brazos sobre el pecho. Era el gesto de quien se dispone a recibir, no a resistir. El pelotón disparó.

Sus restos fueron inicialmente sepultados en la parroquia de San Julián. Más tarde fueron trasladados a Mechoacanejo, la parroquia que había sido su hogar durante toda su vida sacerdotal, y allí se veneran hasta hoy.

«Voy a morir inocente. No he cometido ningún crimen. Mi único delito es ser ministro de Dios. Los perdono a todos.» — San Julio Álvarez Mendoza, San Julián, Jalisco, 30 de marzo de 1927

Beatificación y canonización

Juan Pablo II beatificó a Julio Álvarez Mendoza el 22 de noviembre de 1992 en Roma, junto a los otros 24 mártires mexicanos de la Cristiada. El 21 de mayo de 2000, en la Plaza de San Pedro, los canonizó a todos simultáneamente. Su festividad litúrgica es el 21 de mayo. Los documentos de la Santa Sede sobre su causa están disponibles en el sitio oficial del Vaticano.

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Fuentes citadas en esta página

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