Margarito Flores García nació el 22 de febrero de 1899 en Taxco de Alarcón, Guerrero, ciudad célebre por sus minas de plata y por la imponente parroquia de Santa Prisca y San Sebastián que domina su horizonte desde el siglo XVIII. Era hijo de don Germán Flores Viveros —talabartero y peluquero— y de Merced García, una mujer de fe honda y carácter firme. La familia era humilde pero profundamente cristiana: el hogar de los Flores García era de esos donde el rosario se rezaba cada noche y las festividades del santoral marcaban el calendario de la casa.

Vocación y obstáculos

Desde los primeros años de adolescencia, Margarito manifestó una vocación sacerdotal que sus padres, con todo su fervor, veían con preocupación práctica: no tenían recursos para sostenerlo en el seminario. El joven tenía catorce años cuando hizo explícito su deseo de ingresar al Seminario de Chilapa. La diócesis de Chilapa —hoy Chilpancingo-Chilapa— abarcaba entonces toda la parte central y norte de Guerrero, una región de sierras agrestes y comunidades indígenas y mestizas donde el clero era escaso y el trabajo pastoral durísimo.

La falta de medios económicos no doblegó la vocación del muchacho. Personas conocidas en Taxco, al enterarse de su situación, lo alentaron y le ayudaron a conseguir el sustento necesario. En 1915, a los quince años, Margarito Flores García ingresó al Seminario de Chilapa. Era tiempo de revolución en México: Zapata controlaba Morelos, las fuerzas de distintas facciones recorrían Guerrero, y los seminarios funcionaban en condiciones difíciles. El hecho de que Margarito persistiera en su formación a través de esos años turbulentos habla de una resolución que sus superiores supieron reconocer.

Ordenación y primer ministerio

Margarito Flores García recibió el orden sacerdotal el 5 de abril de 1924 en la Capilla del Seminario de Chilapa, por imposición de manos del obispo don José Guadalupe Ortiz. Tenía 25 años. Celebró su primera Misa solemne en su ciudad natal, en la parroquia de Santa Prisca y San Sebastián de Taxco, el 20 de abril de 1924: fue una fiesta para la comunidad, el regreso triunfal del hijo del talabartero convertido en sacerdote.

La diócesis lo destinó como vicario cooperador en Atenango del Río, un municipio situado en el punto donde la tierra caliente guerrerense se alza hacia la sierra. La zona era predominantemente nahua: comunidades indígenas con sus propios ritmos religiosos, donde el español coexistía con el náhuatl y las formas de la devoción popular se entrelazaban con siglos de sincretismo. Para un sacerdote joven, formado en el seminario de la ciudad, servir en esas comunidades exigía adaptación, paciencia y una disposición genuina a comprender otras formas de vivir la fe. Margarito Flores García encontró ese trabajo apropiado para él.

La persecución y el camino hacia el martirio

Cuando estalló la persecución religiosa con la aplicación de la Ley Calles en 1926, el padre Margarito se vio obligado a abandonar su parroquia. A diferencia de estados como Jalisco o Michoacán, donde la guerra cristera tuvo dimensiones militares significativas, en Guerrero la resistencia armada fue más fragmentada. Pero la persecución fue igualmente real: los sacerdotes que permanecían activos arriesgaban la detención y el fusilamiento.

El padre Flores García se enteró, en algún momento de ese período, de la muerte heroica del padre David Uribe Velasco —otro sacerdote guerrerense que sería también canonizado entre los 25 mártires—. La noticia lo afectó profundamente. Según quienes lo conocieron, en ese momento tomó una resolución interior: si era necesario dar la vida por Cristo, estaba dispuesto. No buscó el martirio con imprudencia, pero tampoco lo rehuyó.

A finales de octubre o principios de noviembre de 1927, el padre Margarito se desplazaba por la sierra guerrerense intentando llegar a un destino donde pudiera continuar su ministerio. Al llegar a su punto de destino fue reconocido como sacerdote —acaso por su porte, acaso por un delator— y detenido de inmediato por soldados federales. Lo trasladaron a Tulimán, una localidad del municipio de Copalillo, en la sierra de Guerrero.

Fusilamiento en Tulimán

El 12 de noviembre de 1927, las autoridades militares ordenaron la ejecución del padre Margarito Flores García. Tenía 28 años y llevaba menos de cuatro años de sacerdocio. Antes de ser fusilado, pidió permiso para rezar. Se le concedió. Se arrodilló. Besó el suelo. Se incorporó y se volteó hacia el pelotón. Murió fusilado en Tulimán, Guerrero, a los pocos segundos.

El gesto de besar la tierra antes de morir tiene resonancias antiguas en el martirologio cristiano: es el gesto del que reconoce la tierra como madre y el cuerpo como don prestado. La imagen del joven sacerdote arrodillado en tierra guerrerense antes de ser ejecutado quedó en la memoria de quienes la presenciaron.

«Pedía permiso para rezar. Se arrodilló. Besó el suelo. Luego se incorporó y se volvió hacia los soldados.» — Testimonio recogido sobre los últimos momentos del padre Margarito Flores García, Tulimán, Guerrero, 12 de noviembre de 1927

Significado histórico: el mártir de la sierra nahua

Margarito Flores García ocupa un lugar singular entre los 25 mártires de la Cristiada. Mientras la mayoría de ellos sirvieron en Jalisco, Guanajuato o Michoacán —estados donde la guerra cristera tuvo mayor intensidad militar y mayor visibilidad histórica—, él fue el único de los 25 canonizados cuyo ministerio se desarrolló en Guerrero, y específicamente en comunidades con fuerte presencia indígena nahua. Su martirio es, en este sentido, el punto de contacto entre la Cristiada y las formas de vida católica de las sierras del sur de México, mundos que la historia del conflicto ha tendido a subrepresentar.

Su ciudad natal de Taxco lo recuerda con devoción particular. La parroquia de Santa Prisca, donde celebró su primera Misa, conserva su memoria. La diócesis de Chilpancingo-Chilapa, que él sirvió, lo venera como uno de sus santos propios.

Beatificación y canonización

Juan Pablo II beatificó a Margarito Flores García el 22 de noviembre de 1992 en Roma, junto a los otros 24 mártires mexicanos de la Cristiada. El 21 de mayo de 2000, en la Plaza de San Pedro, los canonizó a todos simultáneamente. Su festividad litúrgica es el 21 de mayo; también se celebra localmente el 12 de noviembre, aniversario de su martirio. Los documentos de la Santa Sede sobre su causa están disponibles en el sitio oficial del Vaticano.

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Fuentes citadas en esta página

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