Rodrigo Aguilar Alemán nació el 13 de marzo de 1875 en Sayula, Jalisco, primogénito de una familia numerosa de doce hijos. Sayula era entonces una ciudad de vocación agrícola y comercial en el sur del estado, enclavada entre volcanes y fértiles llanos. Buenaventura Aguilar y Petra Alemán, sus padres, lo bautizaron dos días después de su nacimiento, en una familia donde la fe no era asunto de domingos sino tejido cotidiano. Rodrigo creció siendo el mayor de una prole extensa, y quizá fue esa responsabilidad temprana la que le formó el carácter: reflexivo, sensible, dado a la expresión escrita.

Formación y ordenación

Desde niño, Rodrigo mostró aptitudes que sus maestros reconocieron como excepcionales: talento para las letras, memoria prodigiosa, y una inclinación hacia lo espiritual que sus padres alentaron. A una edad temprana ingresó al Seminario Auxiliar establecido en su ciudad natal de Sayula. Progresó con distinción, y en 1888 fue enviado al Seminario Auxiliar de Zapotlán el Grande —la actual Ciudad Guzmán—, en la diócesis de San Cristóbal de las Casas. Sus superiores anotaron en sus expedientes académicos el mismo juicio repetido: talento, aplicación, espíritu de oración.

Finalizados sus estudios teológicos, Rodrigo Aguilar recibió el presbiterado el 4 de enero de 1905, de manos del arzobispo de Guadalajara don José de Jesús Ortiz y Rodríguez. Contaba entonces veintinueve años. La ordenación marcó el inicio de un sacerdocio que habría de durar más de dos décadas de servicio fiel en el sur jalisciense.

El sacerdote poeta

Lo que distinguía a Rodrigo Aguilar de muchos de sus contemporáneos era una sensibilidad artística que sus feligreses recordarían siempre. Era poeta: escribía versos para las festividades litúrgicas, para las bodas y los entierros, para los momentos de la vida parroquial que la prosa ordinaria no alcanzaba a contener. Sus sermones tenían musicalidad. La devoción a la Virgen de Guadalupe impregnaba toda su espiritualidad, y muchos de sus textos en prosa y verso la invocaban con familiaridad filial.

Tras su ordenación sirvió sucesivamente en diversas parroquias y haciendas: vicario cooperador en Sayula, en Zapotiltic y en otras comunidades del sur jalisciense. En cada destino construyó la misma presencia: el sacerdote que conocía a sus feligreses por nombre, que visitaba los ranchos aunque tuviera que cabalgar horas, que no escatimaba la confesión ni la extremaunción para quien los necesitara. En julio de 1923, a la muerte del párroco titular, fue designado párroco de Unión de Tula, en la diócesis de Autlán, donde desarrolló la última fase de su ministerio antes del estallido de la persecución religiosa.

La persecución y la clandestinidad

Cuando en 1926 el presidente Plutarco Elías Calles puso en vigor la Ley Calles —que prohibía la enseñanza religiosa, eliminaba los derechos civiles del clero y cerraba conventos y seminarios— el padre Aguilar se encontró ante la misma encrucijada que miles de sacerdotes mexicanos: abandonar el ministerio, exiliarse, o continuar en secreto. Eligió quedarse. Como párroco de Unión de Tula, comenzó a celebrar los sacramentos clandestinamente, moviéndose entre los ranchos y haciendas de la región, durmiendo en casas de feligreses, bautizando, confesando y dando la Unción en la oscuridad y el sigilo.

A finales de octubre de 1927, la situación se volvió insostenible en Unión de Tula. Fuerzas federales al mando del general Juan Izaguirre rastreaban la zona. Alguien — un delator cuyo nombre la historia no ha querido conservar — indicó a los soldados dónde se ocultaba el sacerdote: en un rancho cercano a la población de Ejutla, en el municipio de Autlán. El 27 de octubre de 1927 fue capturado. Al despedirse de quienes lo habían albergado, el padre Aguilar pronunció las últimas palabras tranquilas de su vida: «Nos vemos en el cielo.»

El mango de Ejutla

En la madrugada del 28 de octubre de 1927, los soldados condujeron al padre Rodrigo Aguilar a la plaza central del pueblo de Ejutla. No lo llevaron a un paredón. No le prepararon un piquete de fusilamiento. La ejecución que habían planeado era deliberadamente ejemplar: una horca improvisada con la soga atada a una gruesa rama del árbol de mango que sombreaba el centro de la plaza.

Los vecinos de Ejutla fueron obligados a presenciar el acto. Era la intención del mando federal: que la muerte del sacerdote sirviera de escarmiento, que quedara grabada en la memoria colectiva del pueblo como advertencia. Lo que no calcularon fue que el protagonista del acto iba a convertirlo en una profesión de fe.

Con la soga al cuello, el oficial federal lanzó la pregunta de rigor: «¿Quién vive?» —la demanda que esperaba como respuesta el grito oficial de la facción gobernante, «¡Viva Calles!»—. El padre Aguilar respondió con voz clara: «¡Cristo Rey y Santa María de Guadalupe!» Lo alzaron. Lo ahorcaron. El cuerpo cayó, aún vivo. Lo bajaron y volvieron a preguntar. Respondió lo mismo, con la misma firmeza. Lo ahorcaron por segunda vez. Cayó de nuevo con vida. La tercera vez que la pregunta resonó en la plaza, el sacerdote, agonizante, susurró las mismas palabras. Murió de asfixia, colgando del árbol de mango, ante los feligreses que lo miraban sin poder hacer nada.

Antes de morir había tenido tiempo de bendecir a los soldados que lo ejecutaban, de perdonarlos, y de regalar su rosario a uno de ellos. Su cuerpo permaneció colgado durante horas, expuesto como advertencia, hasta que las autoridades autorizaron descolgarlo.

«¡Cristo Rey y Santa María de Guadalupe!» — Rodrigo Aguilar Alemán, respondiendo tres veces a los soldados mientras lo ahorcaban, Ejutla, Jalisco, 28 de octubre de 1927

Memoria y devoción

La muerte del padre Aguilar en la plaza de Ejutla no pasó desapercibida. La imagen del sacerdote-poeta colgado del árbol de mango, bendiciendo a sus ejecutores, circuló entre los cristeros y sus simpatizantes como símbolo de la resistencia espiritual. En un conflicto donde los federales buscaban doblegar la fe mediante el terror público, el padre Aguilar les había devuelto al terror su contrario exacto: la serenidad y la convicción.

En la diócesis de Autlán, donde sirvió, y en su ciudad natal de Sayula, la devoción a «el padre Rodrigo» nunca se extinguió. Sus feligreses conservaron el recuerdo de un sacerdote que los visitaba en los ranchos, que escribía poemas para sus festividades, y que murió como había vivido: nombrando a Cristo Rey y a la Virgen de Guadalupe.

Beatificación y canonización

Juan Pablo II beatificó a Rodrigo Aguilar Alemán el 22 de noviembre de 1992 en Roma, junto a los otros 24 mártires mexicanos de la Cristiada. El 21 de mayo de 2000, en la Plaza de San Pedro, los canonizó a todos simultáneamente. Su festividad litúrgica es el 21 de mayo; también se celebra localmente el 28 de octubre, aniversario de su martirio. Los documentos de la Santa Sede sobre su causa están disponibles en el sitio oficial del Vaticano.

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Fuentes citadas en esta página

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