Sabás Reyes Salazar nació el 5 de diciembre de 1883 en Cocula, Jalisco, una ciudad mediana del suroeste del estado, conocida por su tradición musical —cuna del mariachi, según muchas versiones— y por el fervor religioso de sus habitantes. Sus padres no están consignados en los documentos que sobreviven de su causa de beatificación, pero el ambiente familiar debió ser el propio de la pequeña burguesía provinciana jalisciense de finales del siglo XIX: trabajo, fe y la expectativa de que el hijo más capaz pudiera recibir educación formal.
Seminario y ordenación
Sabás estudió en el Seminario Conciliar de Guadalajara. Los documentos de la Santa Sede reconocen, con notable franqueza, que «no era de inteligencia particularmente brillante», lo que llevó a sus superiores a sugerirle que buscara una diócesis con menos abundancia de clero que la de Guadalajara, donde la competencia por los puestos era mayor. Esa honestidad institucional no era deshonrosa: significaba que era un hombre de aplicación sincera antes que de talento espectacular, exactamente el tipo de sacerdote que las parroquias rurales necesitaban.
Fue ordenado sacerdote en 1911, en la Diócesis de Tamaulipas —en el noreste de México, muy lejos de su Jalisco natal—, donde sirvió durante los primeros tres años de su ministerio. De 1911 a 1914, en esa diócesis fronteriza y entonces convulsa por la Revolución, Sabás Reyes aprendió el oficio parroquial en condiciones difíciles.
El ministerio en Tototlán
En 1914 regresó al Arzobispado de Guadalajara y pasó varios años en distintas parroquias de la región metropolitana. En junio de 1921 fue destinado a Tototlán, Jalisco, municipio de la ribera del Lago de Chapala, dentro de la Diócesis de San Juan de los Lagos. Allí encontraría el hogar definitivo de su sacerdocio.
Tototlán era una parroquia de agricultores y pescadores, un pueblo lacustre de vida rutinaria y fe profunda. Sabás Reyes Salazar se instaló como confesor y maestro, enseñando catecismo a los niños, ciencias básicas, artes y música. No era sólo el sacerdote que celebraba misa: era el educador del pueblo en el sentido más amplio. En esa región del Occidente, la separación entre la iglesia y la escuela era porosa; el cura era con frecuencia la única figura con formación sistemática en un radio de varios kilómetros.
En 1926, cuando la Ley Calles cerró las iglesias y prohibió el culto público, Sabás Reyes continuó su ministerio en la clandestinidad. Para entonces era ya vicario de Tototlán, una figura conocida y querida en el pueblo. Sus feligreses lo protegían, lo escondían, le abrían sus casas para las misas nocturnas. Era la misma red de solidaridad que operaba en decenas de parroquias jaliscienses durante esos meses iniciales del conflicto cristero.
La captura
La Semana Santa de 1927 llegó cargada de una tensión particular: los primeros meses del alzamiento cristero habían visto combates en Los Altos y la Ciénega; el ejército federal buscaba activamente a los sacerdotes que seguían ejerciendo su ministerio. Las tropas bajo el mando del General Juan B. Izaguirre llegaron a Tototlán buscando al párroco Francisco Vizcarra y a sus colaboradores.
Vizcarra logró escapar. Sabás Reyes no. Fue arrestado el 11 de abril de 1927 —Lunes Santo— mientras regresaba de administrar un bautismo. Era un viaje cotidiano, de los que hacía decenas de veces al año. Esta vez, los soldados lo esperaban.
Tres días de tortura
Lo que siguió al arresto fue una secuencia de brutalidad metódica que los testigos describieron con detalle. Durante tres días —desde el Lunes Santo hasta el Miércoles— Sabás Reyes fue sometido a hambre y sed deliberadas, golpes, y torturas específicas diseñadas para doblegar su voluntad o provocar su apostasía. Le quemaron las plantas de los pies con brasas ardientes. Le quebraron los huesos de los dedos. Le negaron agua bajo el sol de abril de la Ciénega jalisciense.
El objetivo declarado o implícito de ese tormento parece haber sido que renunciara a su sacerdocio, que denunciara a otros curas o a los laicos que los protegían, o simplemente que demostrara su quebranto ante la tropa y los civiles que pudieran observar. Ninguna de esas cosas ocurrió. Sabás Reyes soportó la tortura en silencio, sin delatar a nadie, sin abjurar.
El martirio
El 13 de abril de 1927, Miércoles Santo, fue conducido al cementerio de Tototlán. Tenía cuarenta y tres años. Sus pies estaban quemados, sus dedos rotos, su cuerpo al límite tras tres días sin agua ni comida.
Ante el pelotón, sus últimas palabras fueron el grito que se convirtió en el emblema de toda la Cristiada: «¡Viva Cristo Rey!»
La elección de ejecutarlo en Miércoles Santo —a mitad de la semana más sagrada del calendario cristiano— fue, ya fuera por cálculo o por azar, una coincidencia cargada de simbolismo que los fieles de la región no olvidaron.
Beatificación y canonización
Juan Pablo II beatificó a Sabás Reyes Salazar el 22 de noviembre de 1992 en Roma, junto a los otros 24 mártires mexicanos de la Cristiada. El 21 de mayo de 2000, en la Plaza de San Pedro, los canonizó a todos simultáneamente. Su festividad litúrgica es el 21 de mayo. Los documentos de la Santa Sede sobre su causa están disponibles en el sitio oficial del Vaticano.
En Cocula, su ciudad natal, se erigió una estatua en su memoria. Cocula es también la ciudad donde descansan los restos de San Jenaro Sánchez Delgadillo, otro de los 25 mártires, creando un lazo vivo entre estos dos santos nacidos en la misma ciudad jalisciense.