Retrato fotográfico de San Toribio Romo González, sacerdote y mártir de la Cristiada
San Toribio Romo González (1900–1928). Fotografía anterior a 1928. Dominio público. Wikimedia Commons.

Toribio Romo González nació el 16 de abril de 1900 en Santa Ana de Guadalupe, una pequeña ranchería del municipio de Jalostotitlán, en los altos de Jalisco. El lugar era —y sigue siendo— un punto en el mapa que pocas personas conocían fuera de la región: unas cuantas decenas de familias, tierras agostaderas, un cielo enorme y una capilla. Sus padres, Patricio Romo Pérez y Juana González Romo, eran agricultores de mediana condición, gente de los Altos que conjugaba la dureza del trabajo del campo con una fe heredada de generaciones. Toribio fue bautizado días después de nacer. Creció en ese horizonte: tierra, familia y la Virgen de Guadalupe como referencia central de todo.

Los Altos de Jalisco y una familia de vocaciones

Los Altos de Jalisco son una región que ha dado a la Iglesia mexicana una proporción extraordinaria de sacerdotes y religiosas en comparación con su tamaño y población. El catolicismo en los Altos es profundo, cotidiano, vivido en la mesa y en el trabajo. Toribio creció en ese ambiente junto a sus hermanos: su hermana María —apodada familiarmente «Quica»— fue una figura decisiva en su formación. Fue ella quien lo alentó a perseguir la vocación sacerdotal, quien lo acompañó en sus destinos pastorales durante la persecución, quien ayudó a sostener la red de feligreses que protegían al sacerdote clandestino. Su hermano menor, Román, también se ordenó sacerdote, siguiendo el camino que Toribio había abierto.

En 1912, con doce años, Toribio ingresó al Seminario Auxiliar de San Juan de los Lagos. Era un niño de rancho estudiando latín y filosofía en la ciudad de la Virgen. En 1920 fue transferido al Seminario Mayor Diocesano de Guadalajara, la institución formativa más importante del occidente de México. Sus superiores lo describieron como un alumno serio, devoto, con una espiritualidad centrada en la Eucaristía. Uno de sus propósitos personales que quedaría registrado en sus escritos: «Señor, que no pase un solo día de mi vida sin decir Misa, sin abrazarte en la Comunión.»

El 22 de septiembre de 1922 fue ordenado diácono. El 23 de diciembre de 1922 recibió el presbiterado en Guadalajara, con dispensa especial por ser menor de la edad canónica habitual — tenía veintidós años. Celebró su primera Misa pública el 5 de enero de 1923. Comenzaba así un sacerdocio que duraría exactamente cinco años y dos meses.

El sacerdote itinerante

Los primeros años del ministerio de Toribio Romo transcurrieron en varias parroquias del occidente jalisciense: Sayula, Tuxpan, Yahualica, Cuquío. Era el vicario joven que llegaba a un destino, aprendía los nombres y las historias de sus feligreses, organizaba la catequesis y la adoración, y partía hacia el siguiente destino cuando su obispo lo requería. Su trabajo pastoral era de base: la Eucaristía diaria, el confesionario, las visitas a los enfermos, la instrucción de los niños. No buscaba figurar; buscaba ser útil.

En 1926, cuando la Ley Calles entró en vigor y comenzó la persecución religiosa, Toribio Romo tenía 26 años y estaba asignado como vicario en Tequila, Jalisco —el municipio cuya fama mundial vendría décadas después del agave azul, pero que en ese momento era un escenario de confrontación violenta entre el Estado y los católicos. Los sacerdotes que permanecían en sus parroquias arriesgaban la detención; muchos fueron ejecutados; otros huyeron. Toribio eligió quedarse.

La destilería de Agua Caliente

Con el párroco titular de Tequila, el padre Justino Orona, Toribio llevó una vida itinerante y clandestina. Se movían de noche entre comunidades, dormían en casas de feligreses, celebraban Misa al amanecer en sótanos y cocinas. Eventualmente se establecieron en una destilería abandonada en el paraje de Agua Caliente, en las afueras de Tequila, donde usaban las instalaciones vacías como refugio. Desde allí salían de noche para administrar sacramentos; desde allí volvían antes del amanecer. Era un ministerio de fantasmas: el sacerdote que aparecía para confesar o ungir a un moribundo y desaparecía antes de que los soldados tuvieran tiempo de rastrearlo.

La noche del 24 de febrero de 1928 había sido larga. Toribio trabajó hasta tarde organizando registros parroquiales, escribiendo la documentación que la persecución hacía necesario llevar en secreto. Estaba dormido en su cuarto de la destilería cuando, en la madrugada del 25 de febrero de 1928, un grupo de soldados federales y activistas agrarios irrumpió en el lugar. Alguien había delatado el escondite.

Según los testimonios de quienes sobrevivieron aquella noche, uno de los soldados señaló a Toribio con las palabras: «Ese es el cura; mátenlo.» Toribio se levantó sobresaltado. Antes de que pudiera hacer nada, los disparos comenzaron. Lo alcanzaron dos balas. Murió ese mismo sábado 25 de febrero de 1928. Tenía veintisiete años. Su hermana María estaba presente; al ver caer a Toribio, gritó: «¡Ánimo, padre Toribio… Cristo misericordioso, recíbelo!»

«Señor, que no pase un solo día de mi vida sin decir Misa, sin abrazarte en la Comunión.» — Toribio Romo González, propósito personal registrado en sus escritos espirituales

El fenómeno migrante: el joven que aparece en el desierto

Lo que sucedió después de la canonización de 1928 no puede explicarse únicamente como resultado de una campaña devocional organizada. Empezó, silenciosamente, por las décadas de 1970 y 1980, con testimonios que comenzaron a circular entre familias jaliscienses emigradas al norte: relatos de personas que cruzaban el desierto de Sonora o de Arizona hacia Estados Unidos y recibían ayuda de un joven que nunca daba su nombre.

El patrón de los relatos era notable por su consistencia. Un hombre joven, moreno, de complexión delgada, aparecía en el desierto —a veces caminando, a veces en una camioneta vieja— y ofrecía agua. Daba indicaciones sobre qué camino seguir para evitar la Patrulla Fronteriza. Avisaba de peligros adelante. En algunos testimonios, simplemente decía a los migrantes agotados que resistieran, que llegarían. Luego desaparecía. Nadie preguntaba su nombre. Nadie pensaba, en ese momento, en un santo de la Cristiada.

La conexión se produjo cuando los migrantes, ya en Estados Unidos o de regreso en México, visitaban la iglesia del pueblo de alguien conocido y veían la imagen de un joven sacerdote en una estampita o en un retablo. «Ese es.» Ese es el que me ayudó en el desierto. La imagen que reconocían era la de Toribio Romo González, el sacerdote de Tequila fusilado en 1928. No todos los que decían esto se conocían entre sí. No todos venían del mismo estado. No todos cruzaban por el mismo punto de la frontera. Pero la descripción era la misma y el reconocimiento era el mismo.

Los primeros testimonios documentados formalmente provienen de los años noventa, cuando periodistas, antropólogos y sacerdotes del santuario de Santa Ana de Guadalupe comenzaron a recopilarlos sistemáticamente. María Nick Rivera fue una de las primeras en dar su testimonio público: dijo que en el desierto del Altar, en Sonora, un hombre joven la guió cuando ella y su grupo estaban perdidos y sin agua. Más tarde identificó su cara en una imagen de Toribio Romo. Su historia fue seguida por docenas, luego por cientos de testimonios similares.

Con el tiempo, los testimonios se diversificaron. Migrantes de Guerrero, Oaxaca, Veracruz —estados sin tradición devocional particular hacia Toribio Romo— comenzaron a relatar encuentros similares. Apareció en caminos del norte de Chihuahua y en cruces del río Bravo. Apareció, según algunos, en el interior de los Estados Unidos, en momentos de crisis de personas que no habían oído nunca su nombre. El fenómeno se extendía con independencia de la devoción previa: la gente no encontraba al santo porque lo buscaba, sino que encontraba su imagen después de haber encontrado al joven.

El santuario de Santa Ana de Guadalupe

Santa Ana de Guadalupe, la ranchería donde Toribio Romo nació, había estado vaciándose durante décadas. Era un lugar del éxodo: sus propios hijos y nietos emigraban al norte, en el mismo movimiento migratorio que luego invocaría el nombre de su hijo más famoso. Para el año 2000, cuando Juan Pablo II lo canonizó, el lugar era casi un pueblo fantasma.

La canonización lo transformó. En los años inmediatamente posteriores a 2000, el flujo de peregrinos comenzó a crecer de manera que las autoridades locales y eclesiásticas no habían previsto. Venían familias enteras desde California, Texas, Illinois. Venían con fotografías de la travesía, con botellas de agua vacías del desierto, con cartas escritas a mano agradeciendo la intercesión del santo. Venían a dejar exvotos —las pequeñas placas metálicas que narran el milagro y el agradecimiento— como los que cuelgan en Plateros o en el Tepeyac, pero con un contenido diferente: «Gracias, Santo Toribio, por ayudarme a cruzar.» «Gracias por el agua en el desierto.» «Gracias porque llegué.»

Las paredes del santuario se llenaron de estos objetos: mochilas usadas en la travesía, chamarras, rosarios, fotografías de grupos de migrantes en el desierto. También, inevitable y dolorosamente, fotografías de los que no llegaron: homenajes póstumos de familias que pedían al santo que recibiera en el cielo a quienes murieron en el cruce. El santuario se convirtió en archivo de la migración mexicana contemporánea tanto como en lugar de culto.

Hoy Santa Ana de Guadalupe recibe en torno a 600,000 peregrinos al año — una cifra extraordinaria para una ranchería que no figura en mapas turísticos y que se llega solo por caminos secundarios. Durante la semana santa y los días próximos al 25 de febrero — aniversario del martirio — el número se multiplica. Llegan autobuses de todo México y de la comunidad mexicana en los Estados Unidos. Es uno de los santuarios marianos y de mártires de crecimiento más rápido en México.

La paradoja del escritor que advertía contra migrar

Una de las dimensiones más intrigantes de la devoción a Toribio Romo como patrón de los migrantes es la que señaló el historiador Timothy Matovina y han recogido otros académicos: en 1920, siendo estudiante de teología, Toribio Romo escribió una obra de teatro titulada «¡Vámonos al norte!» — cuyo argumento era precisamente una advertencia contra los peligros de la emigración al norte. El texto dramatizaba las ilusiones rotas, los engaños y los riesgos del viaje. El joven seminarista de los Altos de Jalisco veía la migración como un peligro para la familia y la fe.

Irónicamente, setenta años después de escribir esa obra de teatro, sería ese mismo joven — convertido en mártir y en santo — quien acompañaría a los migrantes en el cruce que él mismo había advertido no emprender. Esta inversión no ha pasado inadvertida para quienes estudian el fenómeno: sugiere que la devoción popular tiene su propia lógica, que no siempre coincide con las intenciones del devoto original, y que los santos se convierten en patronos de realidades que ellos mismos vivieron de maneras complejas y contradictorias.

Beatificación y canonización

Juan Pablo II beatificó a Toribio Romo González el 22 de noviembre de 1992 en Roma, junto a los otros 24 mártires mexicanos de la Cristiada. El 21 de mayo de 2000, en la Plaza de San Pedro, los canonizó a todos simultáneamente, ante una multitud que incluía delegaciones de familias migrantes mexicanas llegadas desde Estados Unidos. Su festividad litúrgica principal es el 21 de mayo; en la diócesis de San Juan de los Lagos y en el santuario de Santa Ana de Guadalupe se celebra también el 25 de febrero, aniversario de su martirio. Los documentos de la Santa Sede sobre su causa están disponibles en el sitio oficial del Vaticano.

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Fuentes citadas en esta página

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