Tranquilino Ubiarco Robles nació el 8 de julio de 1899 en Zapotlán el Grande —hoy Ciudad Guzmán—, Jalisco, el tercero de cuatro hijos de una familia que perdería al padre mientras los niños eran aún pequeños. La madre sacó adelante el hogar con el trabajo de sus manos, y Tranquilino, desde temprano, combinó los estudios con tareas que ayudaban a sostener a la familia. Era un muchacho de carácter sereno —su nombre de pila, inusual incluso en la época, parecía anunciar ya una disposición a la quietud interior— aunque esa serenidad no era indolencia sino una paz de base que lo acompañaría hasta su hora final.

Ingresó al seminario en 1909, a los diez años, recorriendo distintos institutos de formación a lo largo de los convulsos años de la Revolución. La inestabilidad del país complicó los estudios eclesiásticos de toda una generación, y Tranquilino no fue la excepción: los traslados, las interrupciones por la violencia y la necesidad de trabajar en períodos de cierre de seminarios marcaron su formación. Fue ordenado sacerdote en agosto de 1923.

Los destinos pastorales de un sacerdote itinerante

El primer destino del padre Ubiarco fue como vicario de Moyahua de Estrada, Zacatecas, en septiembre de 1923. Después pasó por Juchipila y Lagos de Moreno antes de ser trasladado a Tepatitlán de Morelos, municipio de Los Altos de Jalisco —tierra de ranchos ganaderos y catolicismo arraigado— donde permanecería durante los últimos quince meses de su vida.

En Tepatitlán, Ubiarco ejerció su ministerio en las condiciones que la persecución imponía: la Ley Calles había suspendido el culto público desde agosto de 1926, los templos estaban cerrados o vigilados, y los sacerdotes que seguían en actividad lo hacían ocultándose en casas particulares. Él celebraba la Eucaristía de noche en domicilios de familias de confianza, administraba los sacramentos con discreción y seguía atendiendo a los enfermos y a quienes necesitaban el sacramento de la penitencia. Era, en la descripción que de él hacen sus contemporáneos, un sacerdote incansable y de trato afable, que ganaba la confianza de sus feligreses con una presencia constante y sin aspavientos.

La captura en la noche de una boda clandestina

En la noche del 4 de octubre de 1928, el padre Ubiarco se encontraba en una casa de Tepatitlán preparando la celebración secreta de un matrimonio. Bendecir una unión conyugal era, bajo la legislación vigente, un acto ilegal si lo realizaba un sacerdote sin notificar a las autoridades civiles; celebrarlo en la clandestinidad era peor. Alguien lo denunció. El presidente municipal de Tepatitlán, acompañado de soldados, entró en la vivienda y lo arrestó.

Durante la noche que pasó en la cárcel municipal, el padre Ubiarco se comportó con la misma serenidad que sus conocidos le atribuían en tiempos ordinarios. No intentó negociar ni apeló a influencias. Se identificó ante sus captores con cuatro palabras de precisión evangélica: «Soy ministro de Cristo al servicio de su parroquia.» La claridad de esa respuesta —que no era desafío sino simple declaración de identidad— prefiguraba cómo afrontaría las horas siguientes. Aprovechó la noche en la cárcel para escuchar confesiones de otros detenidos.

El eucalipto número 19 de La Alameda

Al amanecer del 5 de octubre de 1928, por orden del coronel Lacarra, soldados condujeron al padre Ubiarco hasta la entrada de Tepatitlán, al paseo arbolado conocido como La Alameda. Allí, frente al eucalipto número 19 del costado poniente del paseo, le mostraron la cuerda con que lo ahorcarían.

El gesto del sacerdote ante ese objeto ante el que cualquier hombre habría sentido terror fue el gesto que lo haría memorable para siempre entre sus feligreses y en la memoria de los Altos de Jalisco: tomó la cuerda entre sus manos y la bendijo. La bendijo con la tranquilidad de quien está realizando un acto litúrgico ordinario. Después, uno de los soldados —el soldado Vargas, identificado en los testimonios del proceso— se negó a participar en la ejecución. El padre le dijo en voz baja:

«Hoy estarás conmigo en el paraíso.» — San Tranquilino Ubiarco Robles, La Alameda, Tepatitlán, Jalisco, 5 de octubre de 1928

Las palabras son un eco deliberado de las de Cristo al buen ladrón en el Calvario. Que un hombre a punto de ser ahorcado empleara sus últimas palabras para consolar al soldado que se negaba a matarlo sitúa ese momento entre los más extraordinarios del martirologio cristero.

Lo ahorcaron del eucalipto número 19. Tenía veintinueve años.

La Alameda como lugar de memoria

El eucalipto número 19 del paseo de La Alameda en Tepatitlán se convirtió, en las décadas siguientes al martirio, en un lugar de peregrinación discreta. Los fieles de la región —muchos de cuyos padres y abuelos habían conocido personalmente al padre Ubiarco— acudían al árbol a rezar, depositar flores y pedir su intercesión. El árbol concreto, identificado por su número en el inventario del paseo, otorgó al martirio una geografía precisa y verificable que lo ancló en la memoria colectiva de Los Altos de Jalisco de un modo que pocas muertes de la Cristiada lograron.

Tepatitlán —cabecera de Los Altos, tierra de tradición cristera intensa— conserva la memoria del padre Ubiarco con particular devoción. Sus restos descansan en la Parroquia de San Francisco de Asís de la ciudad, que custodia también testimonios de otros mártires de la región.

Beatificación y canonización

Juan Pablo II beatificó a Tranquilino Ubiarco Robles el 22 de noviembre de 1992 en Roma, junto a 24 compañeros mártires. El mismo pontífice lo canonizó el 21 de mayo de 2000 en la Plaza de San Pedro, durante el Gran Jubileo, en la ceremonia que elevó a los altares al grupo conocido como «San Cristóbal Magallanes y compañeros mártires». Su festividad litúrgica se celebra el 21 de mayo.

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